Sip se viene nieve, la
tormenta mas grande que NY ha visto, la gente compra desesperada en los mercado
kale (“col verde”, “col
crespa” o “berza”), que es TAN importante en toda dieta
neoyorquina (no alcance a comprar y me quede sin dosis vital de esta
maravillosa - muy de moda- hortaliza). Todos se preparan como si se viniera un
gran apocalipsis, como si un día sin ir al "super" (casi no hay
supermercados, la mayoría son solo mercaditos donde hay desde aspirinas hasta
vino) haría que medio Manhattan quedara sin NADA que comer...Vino la tormenta y
se fue, como un beso de la brisa de verano frente al atardecer de Lican. Un
beso eterno refrescante y lleno de ilusión antes que el sol se esconda. Creo que la nieve nos entrega una mirada
diferente de la cuidad, un manto blanco que nos regala destellos de luz en
medio de la oscuridad. Un nido de cemento que se cubre de marfil para destellar
con sueños, juegos y vida. Una piedra sin existencia bañada por marshmallow,
que mitiga su dureza en la blancura del sereno dulzor de una mirada inocente,
que se desliza por montículos de magia, que cae desde el cielo para acumularse
a sus pies. Creo que es lindo el invierno, es bello, temporal sin tiempo
y su viento recuerda cada día su presencia, que acaricia el rostro como pétalos
de frialdad constante, recordatorio constante de la realidad que escapamos, ocultándonos
tras capas de ropa de algodón de azúcar para hacer mas llevadera la continua
realidad. Duro y difícil como un lapso sin tiempo que poco a poco deja caer sus
lagrimas cuando sabe que es tiempo de partir, cuando el sol florece y el agua
corre por las tristes calles blancas cubiertas de sal.
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